¿QUÉ ES  LA FAMILIA?

“Es la reunión de seres de una misma sangre surgidos de la unión de un hombre y una mujer bajo el control de las leyes civiles y  religiosas”nos contestará toda la humanidad al unísono.

Los espiritualistas decimos: es la reunión bajo un mismo techo de almas hermanas, unidas a veces desde largos siglos por esa ley eterna de la afinidad o por alianzas libremente pactadas para cooperar en conjunto al cumplimiento de misiones determinadas que las inteligencias desencarnadas se imponen o aceptan en pro de un Ideal en torno del cual  se  han congregado.

Considerada la familia bajo este  punto de vista, fácil es despertar en cada cual la conciencia de sus responsabilidades en cuanto al cumplimiento de los deberes contraídos desde un lejano pasado para el momento presente, y que ineludiblemente tendrá repercusiones en el futuro material y espiritual de todos.

No hablamos aquí de esas uniones conyugales nacidas del fuego fatuo de un sensualismo grosero, o de un interés egoístamente premeditado; que en estos casos, por desgracia muy comunes, solo seres de muy escasa evolución serán los que surjan como flores de la ciénaga, que no otra cosa es la sensualidad o el interés que ha llevado al tálamo nupcial  a seres que jamás sintieron el amor verdadero en toda su  sublime y divina grandeza.

Porque “Dios es el amor”, según lo dijo Juan el Apóstol en su inspirado y genial evangelio. Y con él todos los escritores de la primera época cristiana y de los que siguieron sus huellas en los siglos sucesivos.

Hablamos aquí de una familia surgida de un amor verdadero y a la cual puede aplicarse la frase de bronce y piedra del Cristo Divino: “por los frutos se conoce el árbol”. Poemas vivientes de comprensión y de compañerismo en que padre, madre e hijos no forman sino una sola red de oro, que aunque conste de muchos hilos, todos tienden al mismo fin: el bien de todos.

Misterioso y fecundo rosal, que aún teniendo múltiples ramas todas ellas se cubren con flores del mismo color y de idéntico perfume para el bien de todos.

Hermoso y sólido candelabro de oro cincelado que aunque compuesto de muchos cirios, todos ellos derraman por igual su claridad para ahuyentar las sombras, en bien de todos.

Tal es y debe ser la familia constituida sobre el basamento de un amor verdadero, en el cual no ha infiltrado su aliento pestífero el sensualismo, ni ha tocado la garra del egoísmo y del interés.

Se dirá que tal tipo de familia es un sueño lírico y no una realidad en el mundo en que vivimos…

El  Cristo fue entonces el gran lírico soñador con la familia así formada y constituida y lo dejó bien definido cuando dijo, hablando de las uniones que realiza el Amor: “Lo que Dios ha unido los hombres no lo separan“.

Y si tales familias no abundan entre la humanidad terrestre, culpa es de la equivocada educación que se da a las masas en las cuales se despierta por todos los medios posibles una desenfrenada sensualidad que raya en degeneración, matando el pudor en las doncellas y la dignidad en los jóvenes, hasta el punto que como Diógenes buscaba un hombre con su linterna, hoy por hoy se podría preguntar: ¿Dónde están las doncellas de antaño, que en torno de la madre, lámpara excelsa del hogar, trabajaban, estudiaban y oraban?. Los lirios blancos se han secado en sus sienes y los velos del pudor los lleva el viento hecho jirones…

Sobre los altares de la humanidad se ha colocado  cual exclusiva divinidad el becerro de oro, como aquel en derredor del cual danzaba el pueblo Hebreo, mientras Moisés en subida contemplación recibía de Jehová una Ley para su pueblo, llena de sabiduría. 

Josefa Rosalía Luque Álvarez

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